martes, 29 de septiembre de 2009

Chicas divinas

¿Quién se iba a imaginar esto? Una madrugada de mayo de 2009, muchos años después de estar en el borde, tratando de dormir, escuchando Lady in Red. Bemoles tiene la vida, sin duda. Aunque, estilísticamente, tal palabra no le encante a mi madre. ¿Y cómo había llegado yo a esta situación? Quizá no sea tan difícil de contar, de volver un poco al pasado. Quizá sí cueste explicarlo. A la deriva una vez más, o no tanto. En el colegio, en la secundaria, hace 25 años, había una chica alta, enorme, que tenía unas piernas divinas. Entonces eras el adolescente eternamente sexual y cinematográfico. Ideabas escenas gimnásticas, todo enroscado entre las piernas de esa diva que hoy debe pasar los 40 años. Y tú mismo, cuarentón y todo, permaneces en tu laberinto. Has perdido el hilo de Ariadna. Son exactamente las 3 y 26 de la mañana y el sueño ni se asoma. Tus aventuras oníricas, que siempre quieres convertir en urgente e impostergable realidad, llevan, todas, nombres de mujer. Se te da por recordar tus crímenes pasionales, a veces funciones de vermouth en el cine con alguna amiga de la universidad. Realmente no compartías nada con ellas. No era ni ilusión ni esperanza. Era, simplemente, nada. Había una que se llama Ada. Era, como dicen en Perú, blanconcita. O, como dirían mis abuelos, blanquiñosa. Era blanca y pobre. Lo que en un país como el mío puede parecer y sonar como una grave antítesis. Ada tenía la cabeza llena de sueños pero no tenía la menor idea de que esos sueños, un día, se hicieran realidad. Pobrecita, tan limitada la pobre. Me siento como el perverso Henry Miller de Trópico de Capricornio, ultrajando a una anormal. Ni más ni menos.

En cambio, yo sí intenté que mis sueños se cumplieran. De hecho, algunos se hicieron palpable realidad. Otros, siguen esperando. Quizá sólo sea cuestión de tiempo. O de decisión. Como sea, creo honestamente -con esa honestidad que mi virtuosa madre me enseñó a cultivar- que un día todo va a funcionar -seamos cursis- a las mil maravillas. O casi. Pero la ilusión sigue viva. Y mejor es eso a nada. Lo sé, mis detractores me acusan de poco realista y de dejarme llevar por el saludo de alguna de esas artistas de cine que transitan por las calles de Oakland. Qué se le va a hacer. Así es uno, pues. Pero la evolución sigue allí, hay cambio, hay modificaciones, se siente, lo siento. Mi padre, que toda la vida me evalúa, dice que he logrado lo que pocos. No le creo. Sí, cuarentón y todo, sigo estudiando. Y esta es mi apuesta mayor. Quizá a los cincuenta años tenga el deber y el derecho de proclamar mi felicidad para que medio mundo se entere. Incluso esa pesada de Ada, esa blanconcita con visibles señales de estupidez que lo da todo por un sueño pero nada por alcanzarlo. Así de inconsistentes, vagas y planas eran las chicas de la Católica. Tú las mirabas pasar y te gustaban. Pero es el pasado, el absoluto pasado que ya no será más. Es cierto, cometiste errores, pero quién no en esta vida. Además, artista, escritor y fanático de la música y el cine, algún sueño dorado tenías que hacerte en Lima. Como esa vez que viste a esa chica rubia en tanga en Lomas o Cerro Azul -mi memoria es débil a esta hora caduca- y te imaginaste un futuro que terminaría -o empezaría, según se vea- en una estupenda ceremonia carnal.

Pero para qué insistir. Después, otra vez tus puntuales detractores, te acusan de vago e irresponsable. Lo cierto es que sigues en esa línea romanticona que se te pegó, creo, crees, en los 80, cuando ya la música lo era todo en tu vida, cuando grabar y almacenar casetes era una forma de convivencia y lealtad contigo mismo. Eso, y el rohypnol y el lexotan. Eso, básicamente.
Claro que hay otros puntos de partida. No, no volver a los cuentos, que ahora y por fin son transnacionales, sino simplemente a la comprobación de que mientras crees que pierdes el tiempo en verdad ya terminaste de leer 8 libros y de ver 4 películas, entonces, sí, mi amigo, estás en el camino correcto. Pero quieres más. Y quién no. Quieres a Claudia S., ya sé, así no haya cumplido los 21 años y así te salude por necesario e indebido compromiso. Pero la quieres, de todos modos, así muñeca y rubia, así para soñarla, para volver a imaginarla esa noche en tu ciclo de cine, con ese polón rosado, poniendo las deliciosas piernas sobre la butaca de adelante. Imagen perturbadora y necesaria. Cuán necesaria. Un día en la cafetería de la Catedral te invitó a su mesa, almorzaron juntos. Y ya estabas babeando como un idiota, ya esa inmarcesible cabellera rubia se fijaba para siempre, irremplazable, en tu memoria. Entonces hablaba español con acento argentino. Con lo que te gustan Argentina y las argentinas. Toda esa tradición y Claudia S. contándote de sus cursos, de su padre que enseña en la U de Minnessotta, y, tú, como siempre tan soñador, imaginando que vas a la casa de ella y después de sudar un día entero le pides la mano de tu nueva estrella al padre. Quizá no sea un señor tan mayor. Quizá tampoco sea intimidante. Quizá su madre simpatice contigo. Quizá, quizá, quizá. Lo cierto es que Claudia S. es una muñeca -lo es, en serio- y tú le llevas más de 20 años pero eso importa un bledo. No importa. Tu comías pollo y papas fritas y ella tomaba leche y estaba empezando su ensalada. Le preguntaste por qué tomaba leche. Te dio una respuesta vital y científica. Es tan inteligente esta mujer. Los anteojos cuadraditos le quedan perfectos, fijan la geometría celestial de su rostro. Hablaron unas cuantas cosas, esas tonteras de ocasión que se conversan en la universidad, entre clases, en los pasillos, o sí, como entonces, en la cafetería.

Ya sabías que ella almorzaba a las 12.30. Era cuestión de entrar a esa hora a la cafetería, elegir cualquier comida, cualquier bebida, y buscar su mirada, ubicarla, fingir que buscabas sitio, y ella otra vez te ofrecía su mesa. Entonces te dijo que a su madre le gustaba Body Heat. Tú recordaste a una ardiente Kathleen Turner, desnuda y excitada, y le dijiste a tu bella interlocutora que en la peli asesinaban al marido. Otra vez tu gloriosa memoria venía en tu auxilio. Entonces ella sonrió. La dentadura blanca, brillante, un canto a la perfección. Le hablaste de las primeras películas de Almodóvar. Inquieta, prestó atención. Sí, después le escribirías uno, dos, tres emails, después la soñarías, pensarías que esos veinte años de diferencia tenían que desaparecer de alguna forma. ¿Importaba la edad, a todo esto? Diablos, si son sólo 41. Una seductora colega nicaragüense te dijo que pensaba que tenías 30 el día que cumpliste 40. Y no es un juego de palabras. Como sea, esto tendría que continuar, tendrías que buscar más historias invencibles para surtir la gozosa y privilegiada imaginación de Claudia S.. Tarea a la que, sin duda, te entregarías con fruición sobre todo si sabías que ella estaría, siempre puntual, en la cafetería, a esa hora, a esa hora en que la gente va y viene como loca buscando un café o una razón para tomar ese respiro, una forma de querer creer -y otra vez la frase es maternal, digo de mi madre- que no hay apuro, que esta es la burbuja, que a la 5 todo se acaba, para casi todos. Menos para ti, obviamente. Para ti empieza el siguiente turno. Vas a cruzar a la biblioteca y estar allí, por lo menos, hasta la medianoche. Te vas a imaginar, entonces, un mundo sin Claudia S. No te gusta hablar de imposibilidades pero por algunas horas los libros, tus tan necesarios libros, y alguna consulta en el computador van a reemplazar a esta chica amada, soñada.

Pero a todo esto, Claudia no está. Va a volver. Lo sabes. Lo sé. Claudia se fue a Argentina otra vez y después a Panamá. Creo que fue todo el semestre. Vivir sin ella era desesperarse. La muñeca, la ilusión, una forma que hace que toda estética se suplante a sí misma. Y se cuestione. Y pida a gritos un cambio. Pero ella va a volver un día. No supiste más. No más emails. No más consultas por facebook. Solamente esperar. Quizá vuelva a suceder. Porque en Oakland, en el campus, es así: las cosas suceden. No hay que presionar, menos insistir. Esa noche, alguna noche. Ella salió de clase y cruzó la pista y te hizo adiós con la mano. Esa sonrisa tan enternecedora. Pero si tiene más de 20 años menos que tú. ¿De veras piensas resolver este problema? Sí, te gustan las fantasías de Spielberg y las más procaces de Scorsese pero este es un asunto serio y tienes que solucionarlo. Estamos en vacaciones de verano. Claudia S. volverá, es posible, cuando comiencen las clases otra vez. Serás audaz e intuitivo. Otra vez, como los ángeles que se atreven a todo -a casi todo- vas a tener que creer. Primero, creer. El resto como eternamente me decían, me dicen, en Perú, vendrá solo.

Pero esa sólo es una esperanza. En el fondo no hay nada y eres la primera persona, ahora y por fin ya no más incauta, que te das cuenta. Debe haber formas de llenar este vacío. Ah, formas. La estética otra vez, y las ganas, sólo las ganas, de embriagarse con el ignoto sabor de algún whisky. Tener una velada, imaginar, sentir, que Sara T. este fin de semana en el restaurante francés te va a decir, frase por frase, todo lo que tú quieras escuchar. Ah, Sara T., por fin una amiga. Tan necesaria. Tan confesional. Me gusta sentirme protegido, cuidado, venerado. Es parte de mi vanidad. Sara ya conoce cada locura mía y sabe que hay, que vienen más. Y lo acepta. Entonces sus largos brazos blancos, sinceramente largos y extremamente blancos, como una hoja de papel bond, se van a dedicar a esa tarea que no puede esperar más. Quizá ella beba un poco de vino y entonces sus brazos van a rodear tu cuello, y ella va a sonreír a tu lado, va a llevar el juego de palabras para que la velada sea más divertida. Tú le vas a hablar de cine, de música, de tu tesis, de tus cuentos que ella algún día conocerá. Sólo por eso la consideras extraña, sólo porque imaginas que le gustaría leerte. Va a tomar champaña y va a tener un vestido escotado que dejará lucir su nívea espalda, sus cabellos largos y tan ordenados vendrán a buscarte con furia. Y ella morderá tu oído, lamerá tu cuello, tu garganta será un deseo para ella. Sara T. tiene todo muy bien organizado, como si la vida entre nosotros fueran esos cajones de su escritorio. Así va a guiar mi vida. Va a ser mi palpitante corazón, va a ser ese tiempo urgente que en esta tierra de proclamada libertad tanto se valora y tanto falta. Y tanto fastidia.

Porque, para ser francos, si no fuera por el maldito tiempo, por esa opresión extravagante del capitalismo salvaje, Sara se dedicaría toda a mí. No más responsabilidades, no más encargos de oficina. Seríamos nosotros y los pupitres. Mejor dicho, nosotros recostados sobre el pupitre. Amándonos. Desnudos. Sus piernas gloriosas, blancas, largas, serían ese trofeo largamente esperado. Ella sería la coronación de cada deseo tuyo. Esos ojos azules que son las ventanas que te guían te llevarán a un destino genial. Y pensar que todo esto, esta manera de contar tus cosas, comenzó así, digamos, de la manera desenfadada pero sobre todo escéptica de siempre. Ahora son las 4 y 14 y sigues escribiendo, tu mente sigue maquinando posibilidades, estrategias, formas, Ah, sí, formas.

Y será mejor así, pensarlo un poco, no programarlo todo de antemano -ah madre, mira cómo brotan tus frases a la distancia- pero saber que es posible. Que Sara va a llevar una torta y se van a divertir de lo lindo, va a ser la medianoche del domingo, y la fiebre de sábado por la noche va a continuar, ferviente, festiva. Luego serán intercambios de besos, quizá ella se pinte los labios, quizá su español -ese español tan perfecto y perfectible que practicó en Alicante- mute de pronto a un inglés que será una invitación, una más, en medio de la marea nocturna, entonces ya todo será sueño y ensueño, ella y un tul transparente, como en los años 60, como una chica de Vanidades, como una modelo que Sara comenzará a ser para ti, allí mismo, precisamente allí, con un juego de espejos en una sala infinita, reflejándola toda, desde sus pies dorados hasta su cabellera larga y deseable. Y la aventura continuará. Ya para entonces no habrá motivo sobre la tierra para detenerse. Ya su cuerpo, ese cuerpo que te reclama como un ser de carne y hueso, pero sobre todo de carne, de piel, de misterio, te pertenecerá, ella será la perfecta comunión que has estado esperando. Será el rito, la pasión, la dulzura. Esa noche las puertas de un nuevo culto religioso se abrirán definitivamente para ti. Serás feliz. Feliz. Feliz. Feliz. No más libros. Ni exámenes ni ensayos de fin de semestre. Sólo la ilusión, el comienzo de la ilusión, la necesidad de que el sueño se prolongue, que tú te vuelvas un ser etéreo y banal. Que Sara conviva en cada fantasía tuya. Beberán de la fuente de los deseos. Y de cada pecado. La cena para entonces será un recuerdo igual que el juego de palabras. Tú le prometerás un cuento, uno que escribirás para ella. Ella se mostrará interesada, te adorará unos minutos. La eternidad y un día.

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