martes, 10 de noviembre de 2009

Karine



Comencé a mirarla de a pocos. Tenía dificultades para hacerlo. Estaba bajo la sombra de un árbol en el Parque Mayor, a pocos metros de una banca, con las manos en los bolsillos, un cigarro pendiente en la boca y el constante martilleo cerebral que intranquiliza. Mis manos temblaban. No había nada que causara terror y no hacía frío. Debía estar loco, nervioso.

La muchacha cruzó la pista, desde Diagonal hacia el Parque con sus zapatos minúsculos que daban a entender unos pies pequeños, piececillos, blancos quizá como el resto del cuerpo, como esos brazos desnudos que dejaba al aire libre. El invierno llegaba a su fin. La primavera preludiaba el verano, las playas, las pieles parecidas a las tostadas de una tostadora eléctrica, los helados, el mar enojándose y en acción, los cimbreantes cuerpos femeninos cubiertos con diminutos trapos.

Me animé a encender el cigarro. Mis pensamientos se desdoblaban. A un lado, la chica con pantalones y los brazos descubiertos. Al otro, el mar azul solitario como debería estar en ese momento.

Salía de una academia. Se preparaba para la universidad. Era una academia solo para mujeres, como el centro superior al que postularía. Quería averiguar su nombre. La esperaba a la intemperie cada tarde desde un mes que no recuerdo. Siempre bajo el mismo árbol, casi siempre con mi chaqueta beige, casi, casi siempre fumando o masticando caramelos de limón para quitarme la ansiedad.

Seguía viniendo hacia donde yo estaba como todos los días. De su hombro colgaba un bolso. Dentro de él estarían los cuadernos, los apuntes. En sus dedos, algunas sortijas. Sus cejas eran pequeñas, como sus pies, y delgadas. Quizá depiladas. La hacían bella, a ella, a su rostro. Sus ojos brillantes, tan notorios a lo lejos.

Tenía problemas en la universidad. Algunos cursos desaprobados, algunos profesores exigentes. Discusiones políticas. Mi departamento no quedaba lejos del árbol, del parque. Unos 300 metros, un poco más de una cuadra. Allí estaban mis libros y revistas, mi guitarra, mi navaja y las fuentes personales de inspiración.

Pasó sin mirarme. Esta vez me había ilusionado. Creía que por ser mi cumpleaños ella advertiría mi presencia, me miraría fijamente, me diría hola, aceptaría mis invitaciones. Cenaríamos juntos, nos acostaríamos. Al día siguiente estaría sonriente, feliz, alegre. Mi cerebro seguiría desdoblándose, como buscando solución a tal tragedia.

Mi hogar estaba en todo sitio. En el restaurante de la esquina, en el bar de Ocoña, en la pizzería de Larco, en la playa, entre las arenas frías o al sur con las dunas y médanos y los espejismos llamativos del desierto inmenso. Mis padres vivían en otro mundo. Cuando me escribían hablaban de dinero y de consumo. Me hacían vivir económicamente bien. Querían un profesional que dictase charlas, supiese hablar y saliera a cada rato en los periódicos, en la televisión, en las revistas caras y coloridas que ellos solían comprar en cualquier parte del planeta.

Se fue alejando por una de las vías del Parque. Atinó a voltear cuando pasaba al lado de la pileta. Su cabello castaño, reunido y templado en un moño, todavía se notaba en el anochecer cuando el sol caía y la oscuridad implanta su dominio de medio día. La luces encendidas, los vendedores de joyas ofrecían su mercancía a precios cómodos.

Volteó y se fijó en mí. No sé si miró mi rostro o mi cuerpo, a cuál primero, a cuál después. Parecía recordar algo. Yo ya pensaba en un hola, en un quién eres. Otra vez dio media vuelta y siguió andando. Mi corazón, un órgano maldito, no pudo recuperar en mucho tiempo su lugar. Todo el rato estuvo tratando de salir, golpeando, llamando con insistencia.

Era viernes. De noche. Las siete. Porta estaba a un paso. Ella caminaba por allí. Me miró. Quería que me siguiese mirando. Por algo se empezaba. Corría. No veía ni gente ni carros. Tropezaba. Luego un galope, un salto, casi un choque. El pinbol, repleto, sintiendo el humo de cigarrillo, olores y bulla insoportables. Casi no lo sentí. Corría más. Volteé por una transversal. Aún no la veía.

Me alejaba del Parque y de mi departamento. La grabadora del teléfono estaría recargadísima, impaciente. Una figura se detuvo frente a mí. Ahora más tiempo. Ahora despacio. A unos cuantos pasos. Caminaba más rápido y de seguro la alcanzaba. Pero no lo hice. Preferí mantenerme detrás, sigilosamente, calculando sus formas, sus hombros poco exhuberantes, su espalda cubierta, como todo su tronco, por una blusa celeste. El pantalón era un jean, un jean verde, verde claro. Me imaginaba sus piernas. Serían coquetas. Qué iba a saber. Sus talones eran el motor. La ayudaban a desplazarse con facilidad, sin apuro. Llegó hasta Larco.
Un auto nos separó. Ella cruzó al frente, un auto pasó, después yo. Le gustaría la música, el rock, ¿Los Beatles? Le hablaría de sintetizadores. De Kafka. De filosofía. No pensaba mencionar a Kierkegaard, me mataría. Sus ojos, su rostro, ah sus pechos. Se aturdía mi pensamiento. Casi se va otra vez.

En la feria nocturna compró dos aros y una esclava. Siguió dando vueltas. Más tarde abordó un colectivo, yo la seguí en un taxi. Se detuvo en su casa. La radio anunciaba buen clima para el próximo día. Nadie debía estar en su hogar. Tocaba el timbre y no contestaban. Sacó una llave del bolso. Entró. Luego yo. La noche era alegre. Hacía calor. El frío, el invierno, pertenecían al pasado. La cama era tibia. Las sábanas claras y los edredones floreados nos daban un ambiente ideal. Su cuerpo era tal cual lo imaginé y aún mejor. Los tragos terminaron por marearme. El rock era pesado y ella apacible. Durmió sin camisón, como queriendo revelarme todos sus secretos. Mis zapatillas y el resto de mis prendas caían al piso, de la cama. El gas seguiría esfumándose en mi departamento. Quién llamaría. Los padres bailarían en una fiesta, de repente. Le hablé de un próximo libro. Me callaba con sonrisas, con carcajadas comprensibles. Su nombre era un misterio, ella ya no tanto. Las almohadas, algo duras. Los experimentos freudianos en pleno. Líbido, Eros, Tánatos, juntos, mezclados. Un poema. Un naufragio. El tren estrellándose. El avión sin pasajeros. Ella, la innombrable mujer de los brazos desnudos y blancos, se destapaba dejándome conocerla. Ambos habíamos aprendido.

Las estrellas se veían, claras y lejanas, desde el balcón. No eran pocas. Estaban separadas. Pero igual alumbraban. Una luna blanquísima, completa, entera, también se hacía presente. Nadie quería faltar a la fiesta.

La madrugada fue calurosa. Amanecí en el sillón del departamento con las piernas desparramadas, semidesnudo, feliz porque el sueño no era verdad. Fue una pesadilla. Dinosaurios, el fin del mundo, marcianos, algo así. Los vecinos continuaban en una de sus comunes peleas. Se escuchaban gritos y floreros rompiéndose.

Miré, descorriendo la cortina un poco, por la ventana. El edificio era alto. Abajo la gente, afanosa, se desesperaba de un lado a otro.

Volvieron a ser las seis. Un día más desde hace meses. Otra vez bajo el árbol. Ahora con pantalón nuevo. Con los mismos zapatos tercos, con los cordones largos, la chaqueta beige. Salió de la academia, sonriente, subió a un auto. Ella lo conducía. Llegó a su casa. Hasta allí llegué. Le hablé, le dije cómo me llamaba. Sus ¿y qué? eran demoledores. No podía ser más bella. El calor del momento acercaba el verano, a los helados, al mar y sus olas fortísimas estrellándose en las piedritas negras.

No me conocía. Pudo haber amado a muchos. Trayendo cada noche a uno diferente. Sí, sus padres nunca estaban en casa. Claro, no los tenía. La casa era alquilada. La radio, las almohadas, los edredones, un ambiente ideal. Ella, esbelta y liberada, recostándose sobre uno, riéndose de lo que escuchaba, olvidándose a las pocas horas.

Creía que era el primero y fui el último. Se mudaba ese día. Cuántos habrían sido. No llegaban a la centena. Pero ya eran bastantes. Cuánto tiempo ¿desperdiciado? ¿perdido?, qué había hecho mal. Por qué era un prejuiciado, por qué no insistir, por qué no seguir amándola.

Entré a su casa y escuché sonidos agradables, acompasados. Era el rock de una radio. Un gato me lamía los zapatos. Ahora me olvidaba, ahora en su casa debería hablar por teléfono, concertando alguna cita. Por eso no me dijo su nombre, claro. De veras era una profesional o solo una viciosa.

Ella quedaba en mi memoria. Como tantas. Como tantas a las que seguía, sigo, cada día. Le digo cuál es tu nombre, busco un pretexto. Yo sí pasaba el centenar. Esos “latin lovers” del cine me dieron la idea. Andaban siempre buscando damas complacientes. Yo las quería difíciles, para poder complacerlas más. Eran rubias por lo general, a veces morenas. Con vestidos de fiesta, a veces en ropa sport. En la playa nunca fallaba. Mi aspecto era terrible esa noche. En esa casa. Primera vez con esa joven, con alguien menor de veinte años, con los brazos blancos. Tenía tanto miedo y ella lo había hecho tanto como yo. Dos expertos juntos creyendo estar frente a un primerizo. Y eran tan expertos.

Descubrí su nombre. Estaba el otro día en el archivo de la municipalidad. Había partidas de nacimiento y allí hallé la suya. Su foto. La misma cara, el cabello, el rostro hermoso, casi inhumano. Un expediente pequeño, delgado misterioso, sugerente.
Karine... algo más, que no importa.

La arena quemaba. El sol era intenso. Tan lejos de la ciudad. En pleno desierto. Con el jeep sin gasolina. Esperando encontrar ayuda. Caminando tres kilómetros sin decir palabra. Una galonera de agua, la única compañía. ¿Y el mar? A dónde se había ido.

Recordaba la televisión. Las escenas de amor. Los ósculos interminables. Arreciaba el calor. Percibía el olor del mar. Aún estaba lejos. Encontraría auxilio en la playa. Era mi esperanza.
Una mujer descansaba en la solitaria playa. Echada, bronceándose, en la arena. Muy blanca para quemarse. Yo reconocía esas curvas, esas piernas, antes las vi de cerca. Claro. Eureka. Una idea en la mente. La espalda era la misma, los brazos no tan blancos, esta vez sonrosados.
Grité Karine. Un rostro que me mira. Recuerdo Larco, el Parque Mayor, Diagonal, el balcón desde donde se ven las estrellas desiguales, la cama. El cerebro no se desdobla más. Está calmado, tranquilo. Dos cuerpos remojándose, dos amantes en comunión, en la experiencia inmortal, reuniendo sus vivencias, sintiendo placer.

Llega el sol a su fin, por hoy. La arena está caliente aún, el mar gruñe, molesto, muy fuerte, las olas indetenibles. Estamos juntos y nos hablamos. Sí sabemos nuestros nombres. Así es mejor. Debía ser una isla. Con su fauna. Su flora. Sus estaciones. Tan desnuda y provocativa como en la primera ocasión, como la luna con su sabiduría. Puedo tocarla y sentirla. Cosquillas. Más carcajadas. Universidad y locura. Academias. Esperas bajo un árbol. Amadas y amados por doquier. Dos seres. Hay fin para esto, quizá algún día... Karine te hablaré, me atreveré... sí…

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